El diablo, el cerro y los hijos de Bolivia.

Respiro, toso. Escupo sobre la tierra que me rodea. El aire es una sopa de humedad y partículas de tierra, azufre y arsénico. Desciendo por un pozo, con la espalda apoyada en el piso. Detrás de mí bajan otros; el polvo que despiden sus pies me cae sobre la cara, haciéndome toser aún más. “Vamos, vamos, rápido”, torea la guía.

La boca reseca. La impaciencia y la ansiedad de no saber cuánto falta para llegar al segundo nivel. El agobio se convierte en un enemigo. En un momento, pienso que estoy al borde del ataque de pánico. Me digo que falta poco, que no pasa nada, que va a estar todo bien. Sigo arrastrándome hacia abajo por el agujero, en una pendiente de 45 grados, con mis hombros golpeando las paredes y despidiendo partículas que me ahogan.

La espalda mojada, llena de lodo, me confirma que el traje de minero me queda grande. Mientras sigo bajando, pienso en la montaña que durante siglos ha devorado a millones de hombres. ¿Por qué no a mí? ¿Por qué no? ¿Quién soy? ¿Qué me hace tan especial? Callate, está todo bien, ya estamos llegando, el Tío también nos cuida a nosotros.

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La leyenda está a la altura. De chico, en la escuela, te enseñan un poco acerca de esa ciudad que durante el Virreinato del Río de la Plata se convirtió en la meca de los españoles. Dibujos antiguos de españoles con sus vestidos lujosos, con un fantástico cerro al fondo, bañado en plata y oro. Algunos cuadros, más verosímiles, muestran a indios con sus pechos desnudos cargando piedras, ante la mirada del patrón.

Potosí, una de las ciudades más altas del mundo, albergó un tesoro durante cientos de años. Ahora, casi vacío, por los siglos de saqueos españoles. Pero no nos pongamos en Galeano, no es necesario; la historia del Cerro Rico de Potosí es mucho más que españoles llevándose toda la plata, aunque ese hecho sea la razón por la que el pueblo boliviano siga viviendo de una montaña que tiene poco para ofrecer. Otro aventurero dirá que con la plata que se llevaron de ese cerro, se puede construir un puente hecho de plata entre Potosí y España. Pero, insisto: la lucha, la real, la de ahora, es que todavía quedan miles intentando arrancarle algo de las tripas al cerro del diablo. Y luego quedaran sus hijos, luchando contra la montaña que te da poco, pero te puede quitar todo.

La verdadera historia, la de los invisibles, se sigue dando hoy, ahora. Fueron millones los indios y negros que el Cerro Rico devoró con el paso de los siglos, atormentados por las condiciones insalubres y el brazo demoledor de la conquista. Hoy, bajo la forma de cooperativas, decenas de miles de trabajadores entran a arriesgar su vida a la montaña para darle de comer a sus hijos, en las mismas condiciones de trabajo y explotación que sus antepasados. Los avances tecnológicos no existen; son tan rudimentarios los procesos que cualquiera puede comprar dinamita en “El Calvario”, asentamiento minero ubicado al pie de la montaña, para llevar y volar alguna parte de la montaña.

Más de 300 personas mueren al año trabajando en las minas. La mayoría de ellos por silicosis, vulgarmente conocida por los lugareños como “mal de mina”. Otros por accidentes. Un resbalón puede ser letal.

Ninguno de los trabajadores supera los 45 años de edad. Si están en los 40, aparentan 60. Los niños parecen jóvenes adultos. Si ves a uno que aparenta 20, seguro que tiene 15. La vida de los hijos de los mineros se divide entre la escuela por la mañana y ayudar a sus padres en la mina por las tardes. Algunos empujando los carros en las angostas galerías que dividen los diferentes sectores del Cerro. Otros, separando el residuo del estaño o zinc, los únicos minerales que valen algo en la mina.

Encontrar plata hoy en día es como ganarse la lotería.

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El Calvario, asentamiento minero.

“Vamos, es seguro, no hay accidentes ya”, afirma Nieves, la guía en la excursión. “Eso es cosa del pasado, es muy segura”. Al principio es difícil confiar, estar unos días en Bolivia te enseña a que cualquier cosa que puedan venderte lo van a hacer sin miedo a mentirte. El impulso es más fuerte y firmo un mini-contrato que especifica que la empresa no se hace cargo por ningún accidente dentro del cerro. Los viajeros que vienen conmigo firman sin chistar y salimos a la calle para abordar una camioneta.

Somos diez personas, incluyéndome, los que salimos del centro de la ciudad hacia el Cerro Rico para visitar las famosas minas. Luego del accidente de los 33 mineros en Chile, el Cerro goza de cierta popularidad y se ha convertido en un destino para los miles de turistas que visitan la ciudad año a año. En nuestro grupo hay argentinos, uruguayos, españoles e ingleses.

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La camioneta que nos transporta hasta la base del Cerro. 

 

La camioneta corre apurada por las callejuelas. En Bolivia todo es al palo. Nieves habla por teléfono con alguien, diciéndole que somos diez, que llegamos en 5 minutos. Cada tanto se da vuelta para contarnos cosas del lugar. El chofer mantiene su rostro inmutable, mueve sus brazos de izquierda a derecha, con la astucia que le otorgaron los años. Parece un niño con juguete nuevo.

En unos minutos estamos en el barrio El Calvario. Este asentamiento tiene cientos de años y en el viven hoy las familias de los mineros. Cuando bajamos, vemos niños jugando con bicicletas y carritos de madera, y madres cocinando en ollas grandes en medio de la calle. La avenida principal del barrio está repleta de comercios donde se puede comprar bolsas de hoja de coca, alcohol, cigarros, dinamita, cascos, ropa y barbijos.

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Hijos de mineros en las calles del barrio.

Nieves nos sugiere (obliga) a comprar materiales para regalar a los mineros. Se supone que nos están dejando entrar y que es un código implícito el ofrendarles algo a cambio. Algunos compran coca, otros alcohol y cigarrillos. Casi todos compran barbijos. Ninguno compra dinamita, ofrecida por unos pocos pesos bolivianos. Temerarios, le escapamos a aumentar las posibilidades de algún derrumbe.

Del otro lado de la calle, Nieves nos grita que apuremos el paso. Cruzamos la avenida y nos dirigimos hacia una puerta de metal. Ella saca un puñado de llaves mientras nos distraemos con la gente que pasa por la calle. La puerta se abre y entramos por un pasillo angosto, techado. Caminamos unos metros y estamos en el patio interno de un rústico complejo de habitaciones. Nieves saca otra llave y se dirige a otra puerta. Nos invita a pasar.

El cuarto, a pesar que el reloj marca las 2 de la tarde, está bastante oscuro y Nieves deja la puerta abierta para que entre luz. Adentro encontramos botas de plástico, trajes y cascos con linterna. Nieves pregunta talles y va pasando las botas. “Es seguro que dejen su ropa aquí, traten de ir lo más ligeros posible”, explica. Afuera, a 4000 metros de altura sobre el nivel del mar, hace bastante frío a pesar del sol. Algunos nos dejamos ropa debajo del traje. Nieves nos dice que nos vamos a arrepentir, que en las minas hace mucho calor.

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Salimos hacia la calle y aparece nuevamente la camioneta. Subimos y estamos a unos pocos kilómetros de una de las más de 300 entradas que existen en el Cerro Rico. Es difícil no pensar que el camino que para nosotros funciona como una aventura, un juego, sea para otros lo cotidiano de salir a jugársela todos los días. “La montaña te puede dar la vida que querés, pero también te puede quitar lo poco que tenés” cuenta Nieves, mientras descendemos de la camioneta y divisamos al fondo una de las entradas.

Desde una de las laderas del cerro vemos el movimiento de trabajadores, camiones que transportan rocas y agujeros que funcionan como recipientes de los residuos. El viento sopla fuerte. Estamos a 4300 msnm y Nieves decide que es hora de entrar. Recomendaciones: no apagar las linternas nunca, estar atentos al sonido de los carritos para movernos de la vía y ser respetuosos con El Tío. Es la quinta vez que escucho hablar de él así que pregunto quién es El Tío. “El diablo”, responde Nieves. Quedamos todos con los ojos abiertos y nos dice que avancemos.

Nos dirige hacia la entrada de la mina y nos muestra unas habitaciones construidas sobre la montaña. Antiguamente, habían sido ocupadas por mineros. Allí vivían los trabajadores que llegaban de otras regiones; trabajaban 10 meses y volvían a casa. Ahora, ya desocupadas, funcionan como santuarios donde los mineros rezan antes de entrar a trabajar. Afuera, muchos creen en Dios. Adentro de la montaña, no hay Dios. Adentro, los cuida El Tío. A él le hacen ofrendas (coca, tabaco y alcohol) para que los ayude a encontrar plata, zinc y estaño. También para que los cuide y los aleje de los accidentes. Algunos mineros afirman haberlo visto. “¿Qué pasa si lo ves?”, pregunto incrédulo. “Tenes que correr mijito”.

La cosa se ponía cada vez más oscura. “Son cuentos para que entremos cagados”, tira un argentino, medio en chiste, para sacarle una sonrisa a su novia y medio en serio.

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La entrada al cerro. Al costado, habitaciones transformadas en pequeños santuarios.

Entramos a las minas por un pasillo angosto y caminamos sobre las vías de los carritos. En algunos sectores había agua, así que las botas eran un alivio. En otros sectores, los techos eran tan bajos que había que caminar agachado. En otros, en cuclillas. Atrás, se escuchaban las quejas de los ingleses, que medían casi dos metros, golpeando los cascos contra el techo. Adelante, Nieves nos apuraba y nos avisaba cada vez que saliera un minero empujando un carrito. Caminamos doscientos metros, mientras veíamos como la luz del sol desaparecía por completo y aumentaba el calor.

A nuestros costados, las paredes traspiraban azufre y agua. Más arriba, se pueden ver tubos que recorren las galerías, por donde transportan oxígeno para los taladros. En un momento, Nieves da la voz de alto y nos pide que nos corramos de la vía. Un chirrido de vías resuena y se acerca. A los pocos segundos, un chico pasa a nuestro lado empujando una carreta llena de piedras. Nieves le pide que frene, pero él no la escucha. Está con su torso desnudo, mojado casi en su totalidad y porta una máscara de oxígeno. Parece no importarle nuestra presencia y sigue su camino.

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Volvemos a las vías y vemos una entrada que se bifurca sobre una de las paredes. Nieves nos pide que entremos y nos acomodemos donde podamos. Al frente, un pequeño estrado con una estatua de adobe de una figura diabólica reposa impasible. A sus pies, miles de hojas de coca. Tiene un cigarrillo apagado en la boca. También varias botellas de alcohol 96 (bebida con graduación 96% alcohol), la bebida que toman los mineros para soportar los cambios de clima entre el adentro y el afuera. “Este es El Tío, aquí los mineros le rezan y le piden por buena fortuna”, explica Nieves. “Aquí se realizan las ofrendas, le piden que los cuide, que no tengan accidentes y que los ayude a encontrar estaño o plata”.

La adoración a El Tío es una cuestión ancestral. Algunas leyendas dicen que cuando los primeros incas descubrieron la montaña, intentaron explotarla sin éxito, ya que una voz estruendosa les dijo que la montaña estaba reservada para otros. Esos otros serían finalmente los españoles. El asunto es que, los nativos siempre tuvieron un respeto religioso hacia la montaña y los tesoros que encontraban allí. A los españoles no les importó mucho, ya que habían encontrado finalmente el tesoro del cual se hablaba en las aguas bajas del Río de la Plata. Pero los nativos ya consideraban a la montaña como un lugar sagrado, habitado por el diablo. Fue por eso que solo explotaron el Cerro bajo las ordenes de los españoles, en condiciones no muy diferentes a las de hoy en día.

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Nieves junto a El Tío. 

“Aquí los mineros trabajan por lo que ganan en el día. Algunos trabajan 8 horas, otros 10. La mayoría trabaja para cooperativas y las ganancias quedan para los dueños”, detalla Nieves. Lo curioso es que el término cooperativa está mal aplicado, ya que las ganancias no se dividen entre los mineros, como el término indicaría, sino que termina en las manos de los jefes. La desventaja para los dueños es que, algunas veces, los mineros pasan días sin encontrar estaño o zinc, los únicos materiales que valen algo en el mercado internacional actual. El trabajo es largo, entre dinamitar los sitios, extraer la piedra, cargarla hacia el exterior y separarla en diferentes recipientes. Es por eso que las cooperativas son tan criticadas como justificadas. Es la única manera que miles de mineros tienen para trabajar. “Afuera se gana menos que adentro”, comenta Nieves y prende un cigarrillo para colocárselo en la boca a El Tío. Ella misma en algún momento tuvo que trabajar en las minas hasta que una afección la alejó. Ahora solo entra guiando a grupos de turistas.

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“Así le pedimos que nos cuide en el día”, dice, poniendo el cigarrillo en la boca de la estatua y nos invita a seguir por la misma vía que atravesamos antes. Caminamos unos cien metros, entre sectores mojados y algunos mineros que cruzamos. Llegamos a un punto donde Nieves explica que vamos a bajar al segundo nivel. Explica que el agujero por donde vamos a entrar es complicado. Es una larga bajada hacia el segundo nivel. No apto para claustrofóbicos.

Los ingleses y el español que nos acompañan dicen que no quieren bajar. Nieves les dice que la única que les queda es volver hasta la entrada de la mina, solos. No puede acompañarlos y no pueden quedarse ahí a esperarnos. El resto de argentinos del grupo los motiva a que bajen. Finalmente, todos aceptan seguir hacia el 2° nivel.

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Oscuridad total.

El camino empieza con una breve escalera de madera, bañada en azufre. Luego, la cola y espalda en el piso, para empezar a bajar por el agujero en el que apenas caben mis hombros. La ansiedad sube hasta niveles extremos.

Luego de interminables conversaciones mentales acerca de mi destino, llegamos al segundo nivel, bañados en azufre, escupiendo las paredes y con la cara sudorosa. El calor es insoportable. Si esto no es el infierno, pega en el palo. Un minero se encuentra sentado sobre una piedra, justo en el lugar donde caemos. Nieves nos cuenta que estuvo todo el día trabajando y que le podríamos dar algo para que tome. Le entregamos hojas de coca, alcohol y cigarrillos. El minero las recibe y las deja a un lado.

Raúl dice que tiene 40 años, pero parece un anciano golpeado por el paso de los años. Sentado, con la cabeza hacia abajo y la máscara que cuelga de su cuello, cuenta que desde que es niño trabaja en la mina. Empezó junto a su padre, que murió del “mal de mina”. “Somos pobres, pero aquí encontramos para comer”, dice Rául, con el hilo de voz que le queda luego de una larga jornada.

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Nieves nos apura de un costado. Es hora de avanzar. A esa altura, entre el calor y el hedor que correr, pienso en volver. Le pregunto a Nieves por dónde vamos a regresar. “Por el mismo lugar donde bajamos mijito”, confirma con una sonrisa. Se le hace cada vez más difícil al cuerpo soportar la falta de aire, el calor, la mezcla de azufre y arsénico en el aire. Algunos, tapados con los barbijos, tosen como si no los tuvieran puestos.

Caminamos unos metros y nos detenemos ante un pozo rodeado de mineros. Algunos de ellos cargan tubos que descienden lentamente por el agujero. Desde abajo, se escuchan gritos. No hay medidas de seguridad de ningún tipo, lógicamente. Algunos de ellos ni siquiera usan cascos. Me acerco lentamente hacia el pozo y miro hacia abajo. Al fondo, puedo divisar a alguien colgando. No distingo su rostro, solo veo la luz que sale de su casco. “Será una caída de 50 metros”, calculo, mientras los mineros me piden que me haga a un costado. Los otros argentinos que nos acompañan se acercan y toman fotos. Los ingleses miran desde el fondo, no quieren saber nada con acercarse.

De a uno vamos saliendo por la galería, exhaustos. Queda un largo camino hacia la salida de la mina. Nieves nos dice que estas condiciones son las mismas con las que conviven los mineros día a día, entre la muerte silenciosa que acecha por los rincones y el peligro de los accidentes. Los niños que trabajan en las minas, según algunas fuentes, son más de mil. Son los que dentro de diez o veinte años perderán a sus padres para convertirse en los nuevos señores de la montaña.

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Las camionetas de los jefes en la base del Cerro. Al fondo, el barrio El Calvario y Potosí.

Mientras salimos, Nieves justifica la explotación comentando que en otras regiones de Bolivia y Perú existen métodos aún más insalubres, como el cachorreo, donde los mineros trabajan sin gozo de sueldo por treinta días corridos, pero al trigésimo primer día pueden sacar todo lo que puedan cargar en sus hombros. También explica que los jefes de las cooperativas pueden ser ricos o pobres, ya que dependen de la suerte de los mineros.

Aún así, con lo poco que podemos ver es suficiente para sentir en el cuerpo y en el alma lo que miles de personas viven a diario. “Hay que comer”, se repite en los alrededores. Las formas no se discuten. Las formas no tienen prensa. Menos la muerte.

Porque todos los días del año, la montaña devora hombres los espera con ansías de darles poco y quitarles todo, una vez más.

 

Redacción: Ezequiel Britos.

Fotografía: Javier Carol.

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Un comentario en “El diablo, el cerro y los hijos de Bolivia.

  1. Apasionante capítulo, cuantas cosas que ni soñamos que existen, cuántos seres que por herencia viven una vida para nosotros aterradora y quizá para ellos es normal y tal vez puedan encontrar algo de gusto en su tarea. Como saberlo? Imposible entar en cada mente humana. Imposible querer cambiar creencias y crianzas. Que suerte tenemos con lo que nos toca vivir.!! Y aún así nos quejamos. Por mi parte , reemplazo a El Tío por mi Dios Todopoderoso que me cuida y siempre quiere lo mejor para mi , tal como me lo enseñaron de niña. Cada uno le dará a esa estatua la representación y el poder que le hayan inculcado. Hermosa gente, destinada a vivir en esta tierra de esa manera, ojalá la evolución llegue y los avances sirvan para mejorar día a día su existencia. Norma.

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