24 horas en Quito (De pelear con un indígena a conocer a Rafael Correa) Parte 2

Quito. 6 y media de la tarde. No alcanzamos a terminar el cigarrillo que tuvimos que apagarlo. Un señor en la parada nos indicó que el colectivo que esperábamos había llegado. “Pídanle que los baje en el Playón de La Marín”, nos aconsejó.

En esos pocos minutos ya habíamos vuelto a respirar un poco de amabilidad, esa misma nobleza de la cual nos habían hablado otros viajeros respecto a Ecuador. Este señor nos abordó, luego de vernos mirar dubitativos a los colectivos que llegaban. Creo que también ayudaron las mochilas grandes. Evidentemente, necesitábamos ayuda.

Ya en el colectivo, recorrimos la zona sur de Quito. El plan era llegar al Centro Histórico, una zona que por lo menos teníamos de fotos y que considerábamos una zona segura donde planear los pasos siguientes.

Lo siguiente era llegar a La Mariscal, un exclusivo sector ubicado en la Zona Norte de la ciudad, dónde sabíamos que trabajaba Roberto, amigo que nos hospedaría en Quito. Teníamos poco tiempo: el compromiso de Roberto era esperarnos hasta las 7 y llevarnos a su casa. Si llegábamos después de esa hora, tendríamos que llegar a su domicilio por nuestra cuenta. Y de noche, en una ciudad de casi 2 millones de habitantes, se podía poner complicado.

Lo que ignorábamos, es que Quito, tiene más de 50 kilómetros de sur a norte por tan solo 8 kilómetros de este a oeste. En hora pico, el tráfico puede convertirse en un problema cuando andas jugado de tiempos.

En el colectivo, sentados con las mochilas arriba nuestro para hacer espacio, la gente nos sonreía. Dialogamos con algunos que, al bajar, nos repetían, a esta altura mala palabra, que nos cuidásemos. Más que tranquilidad, nos metían miedo, pero ya estábamos acostumbrados. De miedo ya vamos a hablar de nuestra semana en Malambito, uno de los barrios más pesados de Lima.

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Llegando a la estación La Marín. Tráfico de capital.

Como sea, bajamos en el playón de La Marín con la intención de tomar otro colectivo. Habíamos demorado 45 minutos en cruzar Quito de sur a centro y ya era misión imposible llegar a tiempo a la zona norte.

Tomamos la Ecovía, un moderno sistema de transporte que, por tan solo 25 centavos de dólar, te pasea de centro a norte en dos toques. A los quince minutos, ya estábamos en la llamada Zona Rosa, y empezamos a comprender porque era una zona tan renombrada en los sitios web. Parques pulcros, museos, restaurantes internacionales, cadenas de comida rápida, grandes hoteles. La Mariscal es una de las zonas más fresotas (diría un hermano colombiano) de Quito y se sentía solo de ver a gente saliendo de Starbucks con sus pedidos; es el lugar elegido por los turistas extranjeros al llegar a Quito.

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La Mariscal, reggaeton detected. 

Caminamos unos metros por el parque El Ejido hasta llegar a la calle Reina Victoria. Ahí buscamos un lugar dónde pudiéramos acceder a internet para poder escribirle a Roberto. Teníamos la esperanza de que todavía estuviera dando vueltas por la zona. Entramos a varios restaurantes a preguntar si podíamos usarles el Wi-Fi, pero, misteriosamente, ninguno tenía conexión a Internet. Caminamos unos metros más y encontramos un Hotel Hilton en frente del parque. Me acerqué a preguntarle a un guardia si podíamos utilizar el servicio de Wi-Fi. Le advertí que no éramos clientes del hotel, que era una urgencia. Le comenté la situación y accedió, luego de pedirle permiso al gerente, a que utilizáramos la red del hotel.

Para sumarle un poco más de vértigo a la situación, nuestro único celular no conectaba a la red. Había un problema con el teléfono. Ya era de noche. Le comentamos al guardia que no podíamos acceder y le chifló al gerente que saliera. El gerente ofreció su teléfono para que le escribiéramos desde ahí. A todo esto, mientras Cecilia intentaba hablar con Roberto, yo charlaba con el guardia. Luego de las preguntas de rigor, preguntas que no repetiré aquí pero que pueden leer en la parte 1 de esta historia, me contó que siempre soñó con viajar pero que nunca había tenido el tiempo.

“La verdad, que los envidió – me dijo – pero bueno, nunca tuve el tiempo. Me casé muy joven, luego los hijos. Casi que no he salido de Quito, quizás vos conozcas más de Ecuador que yo”.

Y si hay algo que reafirmé en esta conversación, es la constante ecuatoriana de evitar a toda costa, como si fuese un privilegio de adinerados, viajar. Lo dialogué con muchas personas en mis 50 días de estadía en Ecuador: el ecuatoriano es muy apegado al ritmo occidental-tradicional de vida. Si allá por los años cincuenta, Estados Unidos supo transmitir e imponer el lema del “sueño americano”, pareciera que Ecuador fue el país que más lo tomó como propio, transformándolo en el gran “sueño ecuatoriano”.

Para que se den una idea: en Riobamba, ciudad al sur de Ecuador, conocí a un chico de 19 años que se había casado y, ¡divorciado! con su amor de la secundaria. Luego, conocí a dos chicos dueños de un restaurante: estaban casados desde los 18 años, tenían dos hijos, una camioneta Ford F150, casa propia y un negocio próspero en sus manos. ¿Edades? 23, ella. 24, él.  ¿Viajes? Visita a familiares en Estados Unidos, una sola vez. Estaban pensando en el tercer hijo, más que en una escapadita a la playa.

Terminar el secundario, casarse, tener hijos, formar un negocio, comprar el auto, la casa, darle una educación de calidad a sus hijos y si queda tiempo, de viejos viajaremos. Si de joven surge la posibilidad de viajar, es para ir a trabajar o a estudiar a otro país, de preferencia Estados Unidos. Vagabundear por ahí sin destino no es un plan. Esta situación explica porque cruzamos a tan pocos mochileros ecuatorianos en nuestro recorrido. Conocimos miles de argentinos, chilenos, peruanos, brasileros y colombianos. Los ecuatorianos brillan por su ausencia, aunque siempre están ocupados haciendo algo interesante por sí mismos, eso no tiene discusión. Otra explicación podría ser que les alcanza y le sobra con el hermoso país que tienen.

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No es para quedar bien: Ecuador es un país muy bello.

Otro detalle que me sorprendió es el poder de compromiso. No son simples palabras lanzadas al aire las que los llevan a emprender caminos que suenan imposibles. Cuando un ecuatoriano te dice “Nos vemos a las 6 en tal lado”, es a las 6 en tal lado. No hay dudas, no hay excusas, no hay segundos planes. Es tal cual te la cantan. En más de una ocasión quedamos mal con algún amigo por llegar tarde o por avisar a último momento que no podíamos asistir. El ecuatoriano se toma tan a pecho estos detalles como se toma a pecho la vida misma. Es por eso que pienso que no hay imposibles para ellos: saben que lo único que necesitan para hacer algo, es simplemente hacerlo. Por eso no dudo que luego del fatídico terremoto que sacudió sus tierras, saldrán adelante como unos campeones de la vida.

Cuestión que el guardia se portó como un señor. Pudimos contactarnos con Roberto que, guardia de por medio, nos indicó como llegar a su casa. Su casa estaba ubicada en el Valle de los Chillos, una zona en las afueras de Quito, aparentemente a la loma del orto de dónde estábamos. Por suerte, el guardia era de la zona, así que, lápiz y papel en mano, nos anotó las direcciones, colectivos y conexiones que debíamos seguir para llegar a casa de Roberto, sin antes prometernos que nos iría a ver en nuestro concierto.

En la conversación telefónica, mientras le preguntaba a Roberto cuál era la dirección exacta de su casa para buscarla en Google Maps y tener una guía visual del camino, me sorprendió que él le preguntara a alguien que estaba en su casa por la dirección. Hecho del cual, a lo Sherlock Holmes, deduje: 1) desconocía la dirección exacta de su casa por lo que asumí que se había mudado hace poco y, 2) vivía con alguien más.

Con esa data en la cabeza partimos, ya entrada la noche en Quito, hacia la casa de Roberto. Le agradecimos con el corazón al guardia y al gerente. Una excelente manera de re-comenzar nuestra estadía en la ciudad, luego de una llegada accidentada. El quilombo ahora era que teníamos que volver al Playon de La Marín, lugar dónde habíamos hecho la conexión anterior, para luego tomar otro colectivo con destino al Valle de los Chillos.

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Callecitas de Quito para perderse.

Mochila en espalda, caminamos sobre el parque, tomamos la Ecovía que, diez minutos después, nos dejó en La Marín. Luego de preguntarle a algunas personas, finalmente conseguimos el colectivo que nos llevaría a Conocoto, barrio dónde vivía Roberto. Pagamos 30 centavos de dólar cada uno y emprendimos el último viaje del día. A todo esto, nuestra última comida conocida había sido la empanada ecuatoriana que comimos en Latacunga, por lo que estábamos cagados de hambre y para ponerle más picante a la secuencia, sin un peso. Habíamos gastado el poco dinero que teníamos en nuestra estadía en Baños, aunque teníamos dos conciertos programados en Quito en los que nos iban a pagar bien.

Luego de una larga hora de viaje, nos bajamos en el medio de la ruta, caminamos dos cuadras y llegamos a casa de Roberto, que nos esperaba, para nuestra sorpresa, con su mamá Luz y la comida hecha. Como digo, el camino tiene su magia.

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Living, televisor, partido de Libertadores, ¿qué más queres?

La comida en cuestión era arroz con verduras y carne de res. Mejor manera de recibirnos, imposible. Mientras Roberto miraba atentamente la televisión, charlamos con Luz acerca de la vida. El paso de los años la habían hecho quedar media sorda de un oído, pero eso no le habían quitado la luz y el amor que tenía para dar. Nos trató desde el primer momento como a dos hijos más, nos llevó al cuarto que ya tenían preparados para nosotros, nos acercó mantas para taparnos. Quito de noche refresca. Fuerte.

Luego de despedirnos, nos acostamos a dormir. Estábamos reventados del largo día. Habíamos tardado diez horas, entre dedos, colectivos, paradas y conexiones, en llegar a la casa de nuestro huésped.

A la mañana siguiente conocimos a Carlos, hermano de Roberto, que nos comentó algunas alternativas a tener en cuenta para visitar la ciudad. Desayunamos con Luz, que también aprovechó para mostrarnos su pequeña granja, dónde criaba pollos y gallinas. Carlos, aficionado a las peleas de gallos, tenía sus gallos de pelea ahí mismo. Éramos la novedad en casa, así que nos relajamos y nos dejamos mimar por un rato. Todos querían conocernos, nos mostraban videos y fotos de sus otros familiares. Nos invitaban con diferentes tipos de pan, café y huevo duro. Hacía mucho que no disfrutábamos de la calidez de un hogar así que estábamos felices. Sin embargo, debíamos salir a la calle a hacer dinero, ya que nuestro primer concierto, en Café Libro Bohemia, estaba programado para dentro de dos días. Necesitábamos salir a tocar si queríamos subsistir en la ciudad.

Tomamos el mismo colectivo de 30 centavos de dólar que nos había dejado la noche anterior y nos dirigimos hacia el centro histórico. Nos bajamos en La Marín, lugar que ya era como nuestra segunda casa en Quito, y caminamos hacia el Centro Histórico.

Es ley, por lo menos para nosotros, ir directo al quid de la cuestión. Somos medio adictos a los centros de las ciudades, aunque siempre estén compuestas de lo mismo: plaza cuadrada, palacio gubernamental, municipalidad, iglesia y convento. No cambian mucho en las pequeñas ciudades, a las iglesias ya casi que las encontramos iguales, pero, estábamos en Quito, ciudad declarada por la UNESCO en 1978 como Patrimonio Cultural de la Humanidad, una de las ciudades más antiguas de América del Sur, así que no le podíamos errar.

Caminamos por la calle Eugenio Espejo, en una subida que nos hizo recordar nuestros peores días en La Paz, Bolivia, pero le dimos entusiasmados, ya que el recorrido se veía interesante. La calle era una peatonal muy bonita, con árboles en canteros y algún que otro músico tocando. Llegamos a la Plaza Grande y quedamos fascinados. No sólo por la arquitectura del lugar sino por la ausencia de carteles publicitarios y la energía de los lugareños. En el costado sur de la Plaza se encuentra la Catedral Metropolitana de Quito, un hermoso edificio que data del año 1562. Extraoficialmente se dice que su construcción fue terminada en el año 1806, por obra del Barón Hector de Carondelet, barón que da nombre al Palacio Presidencial, que se encuentra en el costado este de la Plaza Grande.

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La Catedral Metropolitana de Quito. Para poner en un cuadro.

Hacía el Palacio Carondelet nos dirigimos, atraídos por una multitud que se agolpaba en frente del palacio. Como en toda ciudad grande, entre los ruidos de los vehículos y la gente, siempre se puede encontrar alguna manifestación con música y bombos. Nos dirigimos hacia dónde se encontraba la multitud, cruzando por el medio del parque y para nuestra sorpresa, no era ninguna manifestación: era el cumpleaños de Rafael Correa, presidente de Ecuador y unos locos que venían de Guayaquil le habían traído una torta de cumpleaños con payaso y la mar en coche.

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El Palacio Presidencial, lugar de residencia del presidente.

Sacamos unas fotos y conocimos a Juan, un reportero cubano que se encontraba trabajando en Ecuador. Hablamos de política. Él estaba viviendo en un convento realizando una investigación sobre el abandono sistemático que, en teoría, realizaba el Gobierno sobre las personas en situación de calle. Conversamos sobre algunos puntos, hablamos sobre nuestras profesiones y compartimos un par de risas cuando, de en medio de la nada, llegó una manifestante en contra del gobierno de Correa, pancarta en mano, a boicotearles el festejo a los simpatizantes del presidente.

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Se pudrió. De fondo, el payaso disparando su metralla verbal. Al costado, yo, no entendiendo nada.

 

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Los simpatizantes eran mayoría. Con payaso y altoparlante.

En un momento, entre gritos de ambos lados con palabras que iban desde “corruptos” hasta “cipayos” pasando por “mantenidos” a “vagos”, pensé que me había tele transportado a Argentina. Fue necesario el momento para entender que todos los países latinoamericanos estaban pasando por la misma situación. Argentina ya había perdido el partido en tiempo extra, Brasil estaba a punto de perderlo en la última jugada, Perú había vuelto a caer y Ecuador estaba en el minuto 60, en un partido empatado sin goles, con chances para ambos lados, donde no se puede visualizar bien el desenlace.

No considero necesario hablar del auge y del avance de los sistemas políticos de izquierda en la región, populistas para algunos, nacionalistas para otros. En Ecuador sentí lo que se vivió en los años 2014-2015 en Argentina: un período de crispación y crisis ciudadana, con peleas que empezaban en las redes sociales y terminaban en la calle, con familias separadas por diferentes modelos de pensamiento, un país de ricos y pobres, de trabajadores y mantenidos. La eterna división (o la que nos hacen pensar que sucede).

Correa, a esta altura, para los convencidos de que la última década en Latinoamérica fue un tiempo de gloria, era el último bastión en un movimiento que supo interpretar a la perfección las necesidades y carencias del continente. Conformó, junto a Nestor Kirchner, Lula Da Silva, entre otros, sistemas políticos atentos al devenir de la población, con una mirada critica al neoliberalismo imperante durante los años 90. Juntos, iniciaron procesos de transformación en la región, que hicieron enojar al gran jefe del norte. De hecho, vale la pena recordar que Julian Assange, fundador de WikiLeaks, todavía se encuentra bajo asilo político en la embajada ecuatoriana en Londres. Una metáfora bastante explicita de la posición de Ecuador en el mundo. 

La señora se mantenía infranqueable y llegaron otros que, animados por el espíritu combativo de la señora, se alinearon detrás de ella para pelear con los simpatizantes de Correa. La policía se acercó a separar y los contras gritaban en nombre de la libertad de expresión mientras el payaso reía por altoparlantes. Todo esto sucedía, mientras el cubano y yo, no sabíamos si reír o llorar por el destino de nuestros países.

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Ricos vs pobres. Mantenidos vs trabajadores. Cosa de todos los días en Quito.

Luego de una breve calma y de unas nubes amenazantes en el horizonte, nos dirigimos con Cecilia a hablar con los simpatizantes. Les contamos que éramos de Argentina. Nos dieron la bienvenida y nos invitaron a cantar una canción argentina para honrar el día de Correa, un día de unión entre pueblos latinoamericanos. Así, bien caraduras, micrófono y guitarra en mano, le cantamos el feliz cumpleaños a Correa. Para finalizar, una chacarera, ante la atenta mirada de una multitud. Y para coronar lo que ya a esta altura parecía un día de locos, Correa apareció en las alturas del Palacio Carondelet para saludar a la multitud que estalló de alegría.

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Apareció el “papacito”. En Ecuador, las mujeres le dicen el tercer papacito. El primero, es su papa. El segundo, su esposo. Correa es el tercero.

La gente presente comenzó a pedirle que bajara a soplar la torta de cumpleaños. Correa hizo señas con sus manos para que lo esperaran. A los cinco minutos, vimos como la guardia presidencial salía por un costado del edificio, escoltando al presidente ecuatoriano. No sé de dónde, pero de repente no eran cientos, sino miles las personas que se acercaban al presidente para pedirle una foto, algunos de ellos ecuatorianos, otros turistas como nosotros.

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Quilombo.

En un momento, nos acercamos con Cecilia y el cubano a darle la mano. Entre empujones logré acercarme a Rafael y le dije que éramos de Argentina.

“Bienvenido a Ecuador, hermano argentino. ¡Mucha fuerza!”, me dijo Correa.

Enmudecido, salí de la multitud para volver a encontrar a Cecilia entre la gente. Nos sentamos en un costado de la plaza, simplemente mirando todo lo que acontecía. Vimos al cubano perderse entre la gente, en busca de una foto. La lluvia se acercaba y la gente preparaba los paraguas. El tráfico estaba colapsado por la gente que se había tirado a la calle para acercarse a tomarse una foto con el presidente, celosamente custodiado por la policía.

En un momento, vimos como el presidente desaparecía por un costado del edificio y la gente lentamente iba abandonando la plaza. A los segundos, comenzó a llover para definitivamente echar a cualquier despistado que esperara por un poco más de acción. Nos escondimos debajo del techo de un museo. Apareció el cubano, cubierto en agua, pero con la cámara intacta. Nos mostró algunas de las fotos que había tomado.

“Es que no se si sabían, pero Quito es inestable, como las mujeres”, nos contó, entre risas. Los días siguientes confirmarían la frase: mientras en un punto de la ciudad estaba soleado, en otro podía estar lloviendo y en otro nevando. El clima cambiaba en cuestión de segundos y aparentemente, los estados también.

Porque si no, me sería imposible hablar de una jornada de 24 horas, en las me subí al auto de un extraño para terminar refugiado debajo de un museo, con la imagen en mi retina del saludo de ese tipo, que puede hacer que Ecuador pierda o gane el partido que define el destino de Latinoamérica en el mundo. 

Y en un lugar tan mágico, no me sorprendería de nada. En un país que se visualiza dividido, con grandes fuerzas dominantes intentando hacer caer al último de los presidentes que realmente hizo algo por el país, no me sorprendería que los ecuatorianos pateen contra su propio arco. 

Sería el final de un sueño latinoamericano, del que ya muchos quieren levantar, pero del que otros quieren aunque sea, contemplarlo un poco más.

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2 comentarios en “24 horas en Quito (De pelear con un indígena a conocer a Rafael Correa) Parte 2

  1. Hermoso relato Eze, me hiciste viajar y disfrutar este tramo como si estuviese junto a Uds. Linda experiencia, estar junto a un presidente y que este te diga ” mucha fuerza” realmente te hace pensar y mucho. Sentir tan de cerca las distintas tendencias de un pueblo debe ser atrapante. Quedo a la espera de la próxima edición . Besos. Norma.

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